Donde estén los encontraremos.

octubre 22, 2008 at 7:43 pm 5 comentarios

Con este título subimos esta entrada que es una aportación de gran importancia. Un cubano, un mayaricero que participa asiduamente en este blog, Orlando Hernández, nos hace el regalo de cedernos “una diablura escenificada” como él mismo dice. Aunque mejor que nos lo cuente con sus mismas palabras.

A petición de alguno de los amigos del blog te mando esto para que lo publiques, lo malo es que tiene trece páginas. Fue escrita por mi, uno de los protagonistas. Se trata de una diablura escenificada por alumnos de la Vocacional José Martí de Holguín, escuela a la que asistimos muchos de los mayariceros y algunos de los que participan en este blog. Espero lo disfruten, lo critiquen y les traiga algunos recuerdos.

Donde estén los encontraremos…

Por Cabeza de Yunque, comenzado el viernes 27 de enero de 2006 en horas de la tarde y concluido el 8 de febrero en la tarde.

Dedicado a mis queridos compañeros de la Vocacional, a la memoria de los que ya partieron.

A modo de prologo

Ante la insistencia del escritor, amigo y hermano, me veo obligado, al mismo tiempo honrado, a escribir esta nota introductoria a modo de prologo; aunque, parafraseando a Martí, un jarrón de porcelana no necesita una flor que lo adorne, del mismo modo este cuento se explica a si mismo gracias, en primer lugar, al lenguaje directo y diáfano del autor-protagonista, devenido escritor ante el llamado del recuerdo, y segundo al profundo conocimiento del publico al que va dirigido, diez o doce de nosotros mismos, conocedores del lugar y lo acontecido; si bien la autoría de la acción se mantuvo en secreto por un cuarto de siglo.

Difícil es aceptar que han transcurrido veinticinco años de los hechos narrados, un muchacho nacido aquellos días bien pudiera ya ser padre, pero nos parece que fue ayer, nuestros corazones se niegan a aceptar que son viejos recuerdos. Muy fresco aun están los olores del docente, mezcla de madera de lápices, grafito, tiza y orine de baños tupidos que nunca descargaban; aun sopla la brisa que desciende de la montaña,(en realidad lomita que los recuerdos románticos de la edad del amor me obligan a describir con palabras mayores), al frente de la escuela e inundan los pasillos, y el laberinto de escaleras, salas de estar, dormitorios, y aleros, trayendo consigo un soplo de libertad e incitando a la fuga. Cómo aceptar que aquellas bellas muchachas, de cara angelical y cuerpo de hembra en celo, sean hoy respetables esposas y madres con hijos adolescentes de la misma edad de los alquimistas profanadores de privados que hicieron esta pagina de heroísmo ganstero-estudiantil.

El autor no debe ser mal interpretado; no pretende que nuestros hijos sigan nuestros pasos, meramente narra los hechos tal y como acontecieron, aguijonea nuestros recuerdos para que volvamos a vivirlos, nos hace sonreír con los seudónimos escogidos en los cuales cada uno de nosotros podrá identificar su propio nombre. Disfruta, y con el nosotros, de una de las diabluras mejor planificadas y ejecutadas de aquellos tiempos, para colmo nunca descubierta, a pesar del maléfico juramento que da titulo a la obra, y mantenida en secreto por tanto tiempo. Para ponerle la tapa al pomo fue de los pocos que aprobó el examen-revancha; ¿a que más se puede aspirar a los catorce años?

Solo nos queda invitar a los lectores a disfrutar del cuento, esperamos que sea solo el primero de toda una serie temática. Mientras saboreamos esta ya estamos esperando la próxima propuesta.

José Maria

__…Y recuerden la estructura del átomo y la distribución de sus electrones: 1S1, 2S1, 2P2…__eran las palabras de nuestro profesor de química. Un hombre de aproximadamente 35 años, tez blanca, cabello rizo color negro y modales ligeramente afeminados.

Cursábamos entonces el décimo grado y esta, la química, asignatura que de niños siempre nos llamo la atención por sus misterios, se nos estaba convirtiendo en una pesada carga para algunos. En un grupo en el que convivíamos alumnos a los cuales todas las materias se nos habían hecho fáciles de comprender, la hermana mayor de la alquimia había pasado a ser nuestro martirio.

Eran tiempos maravillosos; por un lado vivíamos con los sueños de la carrera que pensábamos estudiar, para lo cual ya nuestro rendimiento académico del décimo grado contaba a la hora de coger la carrera (como se decía en ese entonces). Recuerdo que pensábamos en tantas diferentes carreras posibles, incluyendo algunas inventadas por nuestra imaginación. Yo incluso llegue a pensar en la oceanología y que decir de la física nuclear, que para algunos era lo mejor. Pero por otro lado comenzábamos a disfrutar de la adolescencia y de todas las inimaginables locuras que ella trae consigo; por lo que aunque parezca paradójico no teníamos el menor interés de estudiar.

Conocer si, pero estudiar no, era al parecer nuestro lema. Esto debido a que pasábamos horas interminables en las bibliotecas de la escuela tratando de descubrir cada vez mas cosas nuevas o buscándole respuestas a otras. El tiempo que no dedicábamos a la lectura lo consagrábamos a hablar de temas interesantes (incluyendo política), a escaparnos de la escuela o al deporte. Pero el estudio consistía en asistir a las aulas a perder el tiempo en las noches de forma obligada, el estudio individual, un “grandioso” invento que se le ocurrió a una mente “privilegiada” del sistema educativo.

Transcurrió parte del primer semestre y llego la hora clave para mi y otros tantos: la prueba de química. A pesar del tiempo que a pasado desde entonces puedo recordar los temas que se evaluaron. Esto muestra lo que marco mi vida ese examen, en el cual hice todo lo humanamente posible para poderlo resolver. Recuerdo también lo fuerte que nos llevo el profesor ese día; claro en parte quería desquitarse un poco todo el mal comportamiento de nosotros en su clase.

Terminada la prueba, vinieron los comentarios y las lamentaciones de siempre:

_ ¿Que pusiste en la dos?

_ No hice la tres.

_ Se me olvido la distribución de los electrones.

_ No, no era 2S2, era 3P6.

_ Creo que desaprobé.

Eran tan solo algunas de las murmuraciones que se escuchaban al salir del aula, en el pasillo y más tarde en los albergues.

Pero yo me abstuve de cualquier comentario. Ya incluso mientras hacia el examen cavile sobre lo que iba a hacer posteriormente para resolver el problema de mis fallas en el. Y digo esto ultimo, porque mi idea en ese momento era que había desaprobado. Más tarde pude darme cuenta que no fue así, pero para entonces ya no existía otra solución que seguir adelante.

Rumbo al albergue iba cabizbajo y meditabundo, tratando de elaborar el plan y pensando en los que me acompañarían en la misión, la cual había sido ya decidida por mí en el aula: meterme a corregir el examen al privado. Quizás esto nunca habría pasado por la cabecita de otro alumno de nuestro grado, o incluso en uno de grado superior. Pero por la mía, integrante de un grupo con una larga trayectoria de acciones “delictivas” dentro de la escuela, era de esperarse.

Nuestro grupo había sido forjado en toda clase de batalla y nuestra experiencia era amplia en operaciones contra el orden de la escuela. Esto incluía desde los famosos palos en los pantris, palos a los termos de la comida, fugas a la ciudad, fugas a las pozas, venta de bocaditos y galletas sorbete, sustracción de documentos importantes, etc. Los resultados habían sido muy diversos en el transcurso del tiempo, pero casi siempre fueron positivos.

Claro, no siempre todo fue color de rosas, existieron también Waterloos. Uno de ellos fue cierta vez que un reducido grupito sustrajo las libretas de conductas del local donde eran custodiadas y al final fueron descubiertos (en esta ocasión yo no participe). Resulto que las libretas fueron tiradas debajo del Edificio A y aunque maltrechas la mayoría, algunas fueron recuperadas. Recuerdo que a alguno de los participantes se aflojo un poco de lengua, por lo que muchos de los autores fueron sancionados duramente, creo que hasta alguno fue expulsado de la escuela, el que no quedo en alitas de cucaracha (expresión nicaragüense). Entre ellos Mora, el hijo de un respetable medico de Holguín; el cual se caracterizaba por tener varias libretas de muelas, cosa que según el le facilitaba enamorar a las jevitas.

En esa operación se pusieron de manifiesto algunos errores, por así llamarlos como: el dejar evidencias, la indiscreción y la cobardía, reflejada esta última en la lengua larga de alguien. De estas fallas y otras amargas experiencias fuimos sacando enseñanzas y cada vez las acciones fueron mejorando. Con el transcurrir del tiempo nos fuimos haciendo el propósito de mejorar cada día más (en la indisciplina), pensando siempre en no repetir de nuevo los errores del pasado.

Muchas fueron las ideas que me vinieron a la cabeza sobre el plan que debía ejecutar. Lo primero era que no debíamos ser más de dos, con esto nos asegurábamos un poco la discreción de la operación. De forma tal que si algo se conocía tendría que ser obviamente uno de los dos participantes, con lo que seria fácil tomar medidas correctivas con el delator. Se necesitaba que esa otra persona reuniera ciertas características como: ágil, audaz, aventurero, discreto, con un bajo perfil. Pero que además debería estar necesitado de que las pruebas fueran corregidas, por lo que este debería no ser muy bueno en química, de manera tal que se pudiera suponer que había salido mal en el examen.

Encontrar alguien que reuniera tantas características y además necesitando de la operación era difícil. De hecho habían muchos compañeros con casi todas, pero se requería de alguien con todas. Pero claro, esa persona existía, era Arnoldo; muchacho de sobrada discreción y perfil muy bajo.

Arnoldo provenía de un pueblo minero del este de la provincia Holguín. Hijo de obreros, su madre era maestra. Era en ese entonces un niño maravilloso, en el se conjugaban una humildad sin limites y un carácter fuerte. Excelente amigo, solidario, respetuoso; era además muy valiente y capaz de hacer lo inimaginable con su cuerpo. Era también mi compañero de fugas; todos los días nos escapábamos para Holguín al cine: muchas veces a ver la misma película toda la semana (se me vienen a la memoria El esqueleto de la Señora Morales y Museo de cera).

Bueno, identificado el elemento, era necesario proceder a reclutarlo. Es por eso que sin más demora fui a llamarlo hasta su litera. Ya estaba acostado y casi dormido, en esto Arnoldo era especialista, creo que era el más perezoso del grupo; no desaprovechaba un segundo para echar una siesta.

_ Cíclope_ le dije, moviéndole una de sus largas piernas_ vamos levántate.

_ Déjame tranquilo _fue su respuesta a la vez que me miraba con los ojos adormecidos.

_ Levántate, que tenemos que hacer_ le insistí.

Rápidamente tomo una posición erguida y se tiro de la parte de arriba de la litera directamente al piso, algo que acostumbraba ha hacer con mucha frecuencia. Nunca lo vi apoyarse en algo para bajarse de la litera, se tiraba como un lince; claro su estatura y condición física le ayudaban.

_ ¿Qué paso?_ me dijo

Entonces lo invite a que nos sentáramos en la cama de abajo. El se coloco en la parte de la cabecera, entre las dos taquillas; yo en la parte de los pies, recostado a la tablita donde se ponían a secar las toallas. Estando cómodos, procedí a exponerle mi situación.

_ Resulta que salí muy mal en la prueba de hoy de química y he pensado corregir mi examen. Necesito saber si estas dispuesto a acompañarme a meterme en el privado_ le explique.

_ Mira Oraldo, yo salí bien, pero de todas formas te voy a acompañar_ me contestó.

Claro, que esa disposición a participar era de esperarse. Era imposible dejar pasar una oportunidad de aventura como esa. Se trataba de una nueva acción para agregar a nuestra ya rica hoja de vida. Siempre estuve convencido de que su respuesta iba a ser positiva.

Nos pusimos entonces de pie y salimos a tomar un poco de aire por los amplios pasillos de nuestra majestuosa escuela. Mientras tanto íbamos discutiendo el procedimiento y la hora de la operación. Recuerdo que hicimos un pacto de no comentar nada a ninguno de nuestros compañeros.

Llegada la tarde nos bañamos y nos dirigimos al comedor. Participamos de una guerra de boniatazos, mientras degustamos arroz con suerte, chícharos, huevo cocido y arroz con leche. Tomar agua se nos hizo imposible, era muy peligroso llegar hasta la caja de agua en medio del fuego cruzado. Los proyectiles golpeaban por todas partes, incluso caían dentro del deposito de agua, el cual como casi siempre estaba a medio tapar. Muchos de los boniatos daban contra los jarros y los hacían volar por los aires.

Una vez alejados de la batalla campal, buscamos donde saciar nuestra sed. Nos encaminamos al edificio docente a chupar en los bebederos, pero al parecer ya alguien nos había tomado la delantera. Por lo que con la garganta seca y la boca llena de restos de comida, fuimos hasta la turbina, donde luego de esperar nuestro turno pudimos cada uno tomar una latica de agua que en el pasado había contenido compota.

Con el hambre y la sed a medio andar, subimos al edificio docente a participar del estudio individual. Una vez allí le pedimos prestados a una de las compañeras unos libros para poder barajar si llegaba algún profesor y continuamos las conversaciones sobre el plan a ejecutar mas tarde.

Tan bien nos conocíamos unos a otros en el aula, que no falto alguien que sospechara que teníamos en mente hacer algo. No se hizo esperar el comentario de Navarrete, quien se nos acerco y con aquel tono pícaro que lo caracterizaba nos dijo:

_ ¿Qué se traen entre manos ustedes?

_ Nada, ¿por que?_ fue nuestra respuesta casi al unísono.

_ Ustedes no me engañan _ replicó.

_ No molestes más narizón_ le dijimos entonces y nos volteamos, dejándolo solo.

Luego de participar de una guerra de papelazos, llego la hora de la salida. Le entregamos los libros prestados a nuestra compañera y nos hicimos los que íbamos para el albergue. Nos fuimos quedando rezagados en el trayecto a los dormitorios, hasta que nadie sospechara y dando una media vuelta, nos dirigimos de nuevo al docente.

Por el camino, nos sale a nuestro encuentro Norman. Antiguo compañero de aula, el cual había participado con nosotros en más de una batalla. Pero en décimo grado lo habían separado de nuestro grupo, a lo cual el nunca se acostumbró.

Norman era un muchacho bonachón y humilde de un pueblo portuario de la provincia de Holguín. Hijo de un dueño de camión, tuvo que pasar parte de su estancia en la escuela con la triste realidad de ver a su padre privado de libertad en una cárcel que se encontraba a escasos cientos de metros de plantel escolar. Recuerdo que en varias ocasiones lo acompañe hasta cerca del vallado del penal, para que se comunicara con su progenitor por medio de señas. En esto era especialista y yo me maravillaba al verlo recurrir a estas claves para entenderse con su padre y los compañeros de infortunio. Norman era muy querido por todos nosotros y el se daba a querer mucho también.

_ ¿Qué tal muchachos?_ fueron sus palabras, mientras nos extendía la mano para saludarnos; al momento que cruzaba de debajo de uno de los edificios al pasillo por donde circulábamos nosotros.

_ Bien_ le respondimos.

_ Ustedes se traen algo entre manos, déjenme participar_ prosiguió.

_ Pues si, vamos a meternos en el privado de química para corregir mi examen_ le dije_ ¿quieres acompañarnos para vigilar?

Su respuesta no se hizo esperar:

_Si.

La de nosotros tampoco:

_ Vamos.

Y nos dirigimos al edificio donde se encontraba el privado de química.

Luego de realizar varias rondas en el edificio y los pasillos que lo comunicaban con otros pabellones, fuimos directo a nuestro objetivo. Pero nos resulto imposible penetrar directamente a la oficina de los profesores. El llavín era de los de mejor calidad y no sucumbió a nuestras técnicas tradicionales, utilizando un carné o un monograma emplastizado.

Viendo que transcurría el tiempo y no podíamos resolver como entrar, comenzamos a buscar alternativas. Una de ellas era penetrar al laboratorio contiguo al privado y luego a través de la puerta que comunicaba a ambos ingresar a la oficina donde suponíamos estaban las pruebas. Pero el problema era como atravesar esas otras dos puertas, si ya de hecho se nos había hecho imposible abrir una, cómo lo haríamos con dos.

Comenzamos entonces a tocar cada uno de las ventanas de pivote que se encontraban en la parte superior de la pared, para ver si alguna se había quedado abierta. De lo contrario tendríamos que retirar algunos de los vidrios, tal a como lo hacíamos para dar los palos en el pantry. Claro, en esto había un solo especialista en toda la escuela, y ese estaba con nosotros ese día, Arnoldo.

Luego de tantear en tres ventanas, encontramos lo que buscábamos, se habían olvidado de poner el pestillo a la cuarta. Rápidamente, Arnoldo con esa agilidad que le caracterizaba, se coló por aquel huequito y nos abrió la puerta del laboratorio. Lo siguiente fue mucho más fácil, la puerta que comunicaba el laboratorio con el privado estaba sin seguro.

Una vez dentro de la oficina, buscamos cuidadosamente las pruebas. Luego de registrar durante aproximadamente tres minutos y en medio de la penumbra, encontramos tres paqueticos de exámenes correspondientes a los tres grupos de nuestro profesor que habían sufrido ese día. Pero cual fue mi asombro al ver que ya habían calificado los exámenes, y para colmo yo había obtenido nada menos que ochenta y cinco puntos.

Fue entonces que me dije_ bueno solo hay que volver a dejar todo igual y nos vamos a dormir tranquilos_. Pero la cosa no fue tan fácil, resulta que Arnoldo, quien me había comentado que había salido bien y que solo me acompañaba por solidaridad, encontró que sus resultados no fueron muy satisfactorios. De modo que quien estaba entonces en problemas era el.

Arnoldo me miro fijamente y arqueo las cejas indicando asombro y a la misma vez queriendo preguntar que hacer. Yo le respondí a su mirada inclinando la cabeza y frunciendo a el ceño, al mismo tiempo que encogía los hombros. No hubo necesidad de pronunciar palabra alguna, ya sabíamos que debíamos hacer: desaparecer los exámenes. Así de sencilla era nuestra forma de actuar.

Claro que nuestra experiencia en otras lides nos indicaba que no podíamos desaparecer solo los exámenes de los que habían desaprobado, ni mucho menos solo los de nuestra aula. De modo que cogimos las pruebas de los tres grupos examinados, es decir de noventa y seis alumnos aproximadamente y nos retiramos del lugar. No sin antes dejar todo tal a como lo habíamos encontrado, borrando además con un pañuelo las huellas digitales de los sitios que tocamos durante la operación.

Ya en el pasillo, nos dirigimos hacia el este, buscando alejarnos del lugar, pero sin saber aun que hacer con toda aquella cantidad de papeles. Felices por el deber cumplido y disfrutando del éxito alcanzado hasta ese momento, pero temerosos al mismo tiempo de ser sorprendidos con la carga.

Mientras caminábamos, comentamos sobre lo delicado que era lo que habíamos hecho. Estábamos plenamente conscientes de lo que nos podía pasar si éramos descubiertos; por lo que recordamos el pacto de no comentar nada a nadie, ni a nuestros mejores amigos. Ahí radicó precisamente el éxito rotundo de la acción, en la discreción.

Entre comentarios seguimos caminando y sin darnos cuenta llegamos hasta encontrarnos con el comedor que había sido nuestro en séptimo y octavo grado, no se si lo denominaban el numero uno o el numero tres. Lo que si recuerdo era su color rojo y sus amplias ventanas de pivote. Hoy en día viene a mi mente todavía la imagen del profesor apodado Mashenka, temprano en la mañana, parado en la entrada de este. Con un megáfono debajo de su brazo, con el cual nos daba el de pie, oliéndonos las manos y la boca a cada uno para ver si ya habíamos desayunado y queríamos repetir.

Reconocimos entonces que ya nos habíamos alejado bastante del lugar de los hechos y que ya era hora de pensar en donde depositar la carga. Fue cuando de pronto se nos ocurrió, que donde mejor que dentro de la gigante caja de grasa del comedor. Retiramos entonces una pequeña tapa de registro de concreto y depositamos más de la mitad de los exámenes en el interior de esta.

El resto de los exámenes los colocamos, una vez desintegrados, debajo de unas cuantas planchas prefabricadas que habían sobrado al parecer de la construcción de la escuela. Las cuales se encontraban debajo de un frondoso árbol de tamarindo justamente en los límites de la vocacional por el este, a unos cincuenta metros del comedor. Desde allí divisábamos las luces del Combinado Lácteo de Holguín.

Terminada la misión y habiéndola realizado casi perfecta a nuestro modo de ver, nos retiramos a los albergues. Felices por el éxito, pero tristes por no tener nada con que celebrar, a no ser con un poco de agua que mas tarde tuvimos que succionar de las duchas.

A la mañana siguiente, luego de hacer las labores de rutina, nos dirigimos al aula a recibir las clases; pero también a ver explotar la bomba. Arnoldo y yo estábamos seguros que en cualquier momento comenzaría la búsqueda de los malhechores. Sin embargo estábamos tranquilos y también seguros de lo difícil que seria dar con nosotros.

Todo transcurrió de forma normal durante la primera hora de clases. No así en el segundo turno, el cual fue interrumpido por el subdirector docente junto a otros profesores.

El subdirector, un mulato de estatura mediana quien se daba un aire a nuestro Titán de Bronce, usaba espejuelos cuadrados metálicos y poseía un mal humor permanente. Siempre caminaba con una vieja agenda debajo del brazo, la cual usaba también para guardar papeles, al mejor estilo de los jefes de brigadas cañeras.

El mal encarado subdirector susurro algo al oído del profesor de turno, el cual seguidamente nos dijo:

_ Es necesario que salgan todos del aula, sin llevar nada con ustedes.

Para treinta de los treinta y dos alumnos que formaban nuestro grupo esto fue muy extraño, no salían del asombro. Para Arnoldo y para este servidor todo estaba muy claro: ya se habían dado cuenta de lo sucedido la noche anterior y comenzaban la investigación. Simplemente nos buscamos con nuestras miradas, queriéndonos decir quizás:_ ya comenzó todo.

Tras nuestra salida del aula, cerraron las puertas. Todos nosotros fuimos a sentarnos a los banquitos y las jardineras que se encontraban frente a esta. Comenzaron entonces los comentarios:

_ ¿Qué habrá pasado?_ dijo alguien.

_ Al parecer tiene que ver con los exámenes, porque venían los profesores de química_ comento otro.

Con este ultimo comentario, comenzaron las sospechas por parte de nuestros amigos sobre la posibilidad de que se habían perdido las pruebas. Claro, tratándose de nuestro grupo, era lógico pensar eso. Pero, que extraño, dentro de la plana mayor no se sabía nada. ¿Cómo era posible esto?¿Seria posible que se diera un golpe y no se enteraran todos los amigotes de travesuras? Precisamente esto era lo que estaba ocurriendo, gracias a la discreción de Arnoldo y yo.

De pronto, con el propósito de averiguar algo más, se me ocurrió comentar:

_ ¿Qué podrá ser, por que no vamos al albergue a ver que a ocurrido por allá?

Al unísono, un grupito de curiosos me asintió con la cabeza. Y tirándose la mayoría de las jardineras me siguieron.

Cuando llegamos al dormitorio nos dimos cuenta de que ya la comisión había pasado por el. Y el cuartelero nos explico que nos habían registrado todas las pertenencias. Buscaron debajo de las flacas colchonetas, en los maletines, dentro de los bolsillos de la ropa, en fin todo lo habían volteado al revés buscando algo. Esto nos dio una idea de que era lo que estaban haciendo en el aula. Decidimos entonces regresarnos al docente y esperar a que los investigadores terminaran la requisa.

Luego de aproximadamente media hora, la puerta del salón de clases se abrió y vimos salir a los integrantes de la comisión con caras de frustración. Esto era indicativo que no habían podido encontrar nada de lo que esperaban.

Seguidamente nos ordenaron entrar al aula, la cual estaba también con las patas para arriba. Habían registrado libreta por libreta, libro por libro, le habían quitado el forro y los habían sacudido a más no poder. También registraron debajo de las mesas, en los portafolios y carpetas. No se escapo ni el cesto de basura.

Una vez que todos estábamos sentados, lamentándonos de todo el desorden; el malencarado subdirector se dirigió a nosotros de forma amenazante:

_ Ha sucedido algo grave, daremos con los autores._ fueron sus escasas palabras.

Seguidamente abandonaron el aula de clases y se dirigieron a otro grupo. Claro no a otro grupo cualquiera, si no a otro de los que se había quedado de la noche a la mañana sin pruebas calificadas de química.

Retomar de nuevo el hilo de la clase que estábamos recibiendo al momento de la interrupción fue imposible. Nos dedicamos más bien a recoger todo el reguero de cosas y poner en orden nuestras libretas y libros. Claro que mientras esto sucedía comenzaban los comentarios, pero ya estos eran dirigidos hacia un tema: los exámenes de química. En un grupo como el nuestro, era imposible dejar de pensar en que lo ocurrido tenía que ver con la desaparición de las pruebas. ¿Qué otra cosa podría ser?, nos conocíamos muy bien unos a otros. Tan bien nos conocíamos, que todos sabían que esto solo podía ser obra de un reducido grupo, dentro de el cual éramos considerados también nosotros: los autores intelectuales y materiales.

Con el paso de las horas y hacia el mediodía, ya se conocía de forma extraoficial que era lo que había ocurrido en si. Era imposible con tanto alboroto por parte de las autoridades esconder lo sucedido.

Si desconcertados se encontraban las autoridades, más aun lo estaban nuestros compañeros del clan que no sabían nada del asunto. En sus cabecitas no cabía como era que se había hecho esto y no se habían enterado. Lo que si estaban seguros eran que había sido uno de nosotros, era imposible pensar que se le hubiera ocurrido a alguien de otro grupo. Mucho menos que lo hubieran hecho con tanto éxito.

Esto los inquietaba mucho, por un lado se sentían traicionados por los autores de la operación, debido a que no habían sido tomados en cuenta. Por otro lado, los que sentían que habían salido bien en la prueba estaban doblemente disgustados, porque se imaginaban lo que podría venir como consecuencia del atrevimiento de nosotros. Esto ultimo hacia que Arnoldo y yo tuviéramos mucho mas cuidado aun en comentar algo del tema. Si por algún motivo uno de los buenos muchachos que se sentían bien en la asignatura, se enteraba de quienes habían sido los malhechores, seguro que no hubieran dudado en delatarlos.

Ya en la tarde, después del almuerzo se reunió la pandilla y comenzaron las preguntas y comentarios. José Maria, siempre con la seriedad que lo caracterizaba, comento:

_ Señores, ¿quienes fueron?, no sean fanas, díganlo.

_ A mi me jodieron, porque yo salí bien en la prueba_ dijo el chino Yamir.

_ Con migo también acabaron_ replique yo.

_ Debió haber sido gente de otro grupo_ dijo Arnoldo.

_ Yo se quienes fueron_ se pronuncio el narizón Navarrete, con la sonrisa sarcástica y picara que le caracterizaba, al mismo tiempo que se acomodaba la moña.

Navarrete en todo momento con sus comentarios y gestos quiso hacer ver que el había participado en la operación. Claro, el haber participado era un merito grandísimo dentro de el grupo. Y el no quería quedarse fuera. Por supuesto que nadie le creyó, porque todos sabíamos de qué éramos capaces cada cual.

Llego la hora de la comida y no habiendo agua en los albergues, como era costumbre, casi todos se dirigieron al comedor. No así el gigante Arnoldo que quiso bañarse con un agua estancada en la parte de atrás del baño, la cual había sido utilizada para lavar ropa horas antes. Tampoco el narizón, quien al ver que los demás se habían marchado del dormitorio, se dirigió al baño a conversar con el Cíclope, como le decíamos cariñosamente.

Claro, Navarrete, muchacho extremadamente curioso y con ganas de ser visto como uno de los autores de la acción; ni corto ni perezoso fue directo al grano:

_ Arnoldo, yo se que tu y Oraldo fueron, ¿por que no lo han querido decir?

_ No, no fuimos nosotros…

_ Yo se que si, no seas mierda, dímelo que yo no se lo voy a decir a nadie_ replico el nariz de corneta.

_ No, no fuimos nosotros_ le dije yo, al mismo tiempo que salía de la parte de alante del baño hacia las duchas.

Resulta que yo al ver que Navarrete se había dirigido al baño detrás del Cíclope, decidí no irme al comedor y dejarlo solo. Conociendo al narizón lo insistente que era, cabía la posibilidad de que Arnoldo se confesara. Por lo que estuve oculto escuchando la conversación y cuando lo creí prudente salí para evitar males mayores.

Viéndose descubierto y acorralado, Navarrete se sonrió nerviosamente, se acomodo el pelo con la mano al tiempo que sacudía la cabeza inclinándola hacia atrás y se marcho del baño.

El resto de la tarde transcurrió sin novedades. Las autoridades seguían buscando pistas que las llevaran a dar con los atrevidos. Y los alumnos comentaban sobre lo que podría pasarle a los autores de tan audaz operación, al mismo tiempo que se hacían preguntas sobre que ocurriría con las notas de química.

Al otro día, temprano en la mañana nos citaron a los tres grupos afectados por la desaparición de los exámenes a una reunión en uno de los anfiteatros de la escuela; uno de aquellos donde tantas veces hicimos círculos de estudio sobre el discurso de inauguración de la Escuela Vocacional Federico Engels de Pinar del Rió.

Una vez que todos los alumnos estuvimos dentro del anfiteatro, pasaron a presidir la reunión: el malencarado subdirector docente, el jefe de cátedra de química y demás profesores de la asignatura, entre ellos nuestro profe. Sin más preámbulos el subdirector tomo la palabra e hizo un recuento de lo sucedido, a la vez que en tono amenazante decía:

_ Si no es hoy, será mañana, pero nos enteraremos de quienes fueron. Y recuerden, ese día llegara, donde estén los encontraremos y le daremos su merecido.

Quiero comentarles queridos amigos, que ese día aun no ha llegado. Nunca supieron quienes hicieron semejante acción durante fuimos alumnos de la escuela. Ni tampoco dieron con pista alguna. Los tres participantes supimos guardarnos muy bien el secreto y recuerdo que varios años después se lo comente a José Maria y a Luís Ernesto, cuando eran estudiantes de medicina, creo que en algún momento también se lo dije al narizón.

Del jactancioso subdirector docente les contare que no llego al fin de ese curso en su puesto. Al parecer tuvo algunos problemas, según me entere lo suspendieron del cargo.

En cuanto a que sucedió después con nuestras notas de química, les cuento: nos repitieron el examen, claro no podían dejar sin notas a noventa y pico de estudiantes. Pero el examen fue durísimo, unos cuantos lo desaprobaron, otros tantos sacaron notas bajas, entre ellos yo con setenta y cinco. No recuerdo que nadie superara la nota que había sacado en el primer examen.

De nosotros, los participantes en la acción puedo decirles que nunca fuimos molestados por lo ocurrido. Años mas tarde visite a Arnoldo en un apartamento que tenía en una ciudad minera, había estudiado cultura física y era profesor de la universidad; me entere que actualmente esta trabajando en un país sudamericano. De Norman no he sabido nada más. Yo vivo en un país centroamericano, donde termine de estudiar mi carrera de ingeniería y posteriormente saque un master en ciencias.

Nota: Los personajes de esta narración son reales, no así sus nombres.

Orlando Hernández

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A vueltas con el carro de Amadito. Una adivinanza visual (por Orlando Hernández).

5 comentarios Add your own

  • 1. luk75  |  octubre 22, 2008 en 7:52 pm

    post molto lungo…

  • 2. annia piedra  |  octubre 22, 2008 en 9:56 pm

    QUE BARBARO!!!!!!!!!!!!!!!!!!! BUENISIMO

  • 3. luis jaime saiz  |  octubre 23, 2008 en 1:34 am

    Orlando, muy bien hiciste en publicarlo, seguro sientes alivio y placer que te lean tus munícipes. Lo leí otra vez, bueno, muy bueno. Recuerda que nadie escribe sin vivencias. Espero que este espacio también se convierta en una fuente de variada forma cultural mayaricera y del buen gusto…¡Felicidades! Bye,bye,bye…Wicho.

  • 4. Orlando Hernández Rubio  |  octubre 23, 2008 en 3:31 pm

    Gracias paisanos.

  • 5. Idelin Perez  |  octubre 23, 2008 en 5:11 pm

    ORLANDO,
    Que buena esta esta historia, me parecia estar caminando por los pasillos de la vocaional, creeme que ninguno de los que ha leido el cuento se ha imaginado cada detalle como yo. Hasta por momentos me vi metida en el privado de quimica robando los examenes,jajaja.

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MAYARI... COMO QUE NO SABES POR QUE CARAJO QUEREMOS A ESE PUEBLO..SIMPLEMENTE PORQUE UN BUEN HIJO NUNCA OLVIDA DE DONDE VIENE .....Y PORQUE EN NINGUN LUGAR DEL MUNDO UNO SE SIENTE MAS SEGURO QUE EN SU CASA.. YO PERSONALMENTE NO SERIA NIETA DE MIS ABUELOS, NI HIJA DE MI MADRE, NI LLEVARA CON HONOR EL APELLIDO DE MI FAMILIA SI NO QUISIERA EL PUEBLO QUE ME VIO NACER Y CRECER ... Y COMO DIJE HACE UNOS DIAS ...PARA MI MAYARI ES COMO EL PRIMER AMOR ..QUE ESTA LEJOS Y QUE HAY DIAS QUE SIENTES QUE YA LO OLVIDASTE Y QUE ESAS HERIDAS YA NO SANGRAN, SIN EMBARGO ALGO TE LO TRAE A LA MENTE OTRA VEZ Y TE DAS CUENTA ... QUE TAL VEZ YA NO SIENTAS EL MISMO DOLOR QUE AL PRINCIPIO ... PERO SIEMPRE RECORDARAS A ESE PRIMER AMOR ... POR COSAS BUENAS O MALAS PERO NUNCA PODRAS OLVIDARLO .... Annia Piedra. Mayaricera.

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