La mujer del otro. (Cuento de Luis Enrique Jaime Saiz)

octubre 13, 2008 at 7:50 pm 3 comentarios

A mi amigo Piti Visiedo, estés donde estés:

Mujer que estando casada

Anduvo otrora ligada

A un hombre, quien la poseyó,

Se retracta a su himeneo

Y retorna, afirmo yo.

Mujer aficionada a los hombres, o ligada tiempos atrás a uno en particular, con el tiempo, una vez casada, vuelve a las andadas Güey avecéu güelve al préu dicen los asturianos.

Érase una vez allá en lo más profundo del monte un hermoso paraje que todos llamaban Piedra Gorda. Y por allí hace mucho ya anduvo inquieto y libre alguna vez, yo fui testigo, el Tomeguín del Pinar; el minúsculo Zunzuncito; el Pitirre, eterno perseguidor del Aura; las Golondrinas de los barrancos y las cuevas que hacen sus nidos de fango colgando del techo o las paredes, mostrándonos con desenfado su ingeniosa maestría. No duden, porque yo la vi, caminar tan orgullosa como escasa de enemigos, por entre los altos y bajos que nacen del surco, la Paloma Tórtola ahora desaparecida, símbolo del arrullo amoroso. Y de todas las aves que pudiera nombrar o los frutos silvestres y dulzones que me salivan el gusto de tan sólo pensar en ellos, o las flores de arcoiris que abundaban, la que enriqueció mi espíritu y superior congoja produce hoy es la Orquídea morada de la vainilla, que se aferra al tronco húmedo del bosque, oliendo sabroso aún a distancia, y por aquella primera y única vez que separé de su ambiente y tuve en mis manos para obsequiarla a una mujer, se convirtió en la flor de mi vida.

Porque en aquella ocasión que visité Piedra Gorda, y entre los colores o formas distintas que pude apreciar con mis ojos de joven aventurero, les aseguro, ninguno pudo desafiar en intensidad, la lindura natural de la muchacha pelinegra, cual aborigen taína salida de los libros de historia que vi sobre aquella piedra enorme del arroyo, secando su cuerpo al sol después del chapuzón y que lentamente – con los movimientos propios de la hembra – alisaba su cabello lustroso como para dar envidia a los árboles del monte llenos de sonidos diferentes que se creían eran los únicos moradores de aquel paisaje. Para decirlo con claridad, quedé sujeto a la imagen enamorándome loco perdido de ella, quien a su vez, cuando recorrió con aquellos ojos grandotes todo el lugar porque sus sentidos le indicaban estaba siendo contemplada por alguien, tropezó con los míos, repletos de deseos por ella…y todo, aunque no lo crean , todo quedó claro como las aguas que allí fluían raudas… Nació el amor y el deseo de la carne, de una sola mirada y por ambas partes.

Lo que siguió al encuentro no preciso contarlo, baste con hablarles de miel, untada en mis labios por otros labios. O quizá sea suficiente decir que, la piel de un hombre y una mujer se ven naturalmente radiantes cuando quedan desnudas, sin amparo artificioso, y exponen todas sus partes impúdicamente a las aguas, a las nubes, al murmullo de la tarde. Para qué decirles entonces que el placer llega acompañado con un séquito divino: voluptuosidad, pasión, desenfreno. Y cuando se unen dos cuerpos así dotados, la luz solar palidece, los olores se esfuman, el sonido enmudece, la vida entera se detiene. No necesito contarles con detalles.

Aquel amor apasionado sentido por vez primera devino en amargo recuerdo con la separación obligada. Sus padres, guajiros de nacimiento, renunciaron a lo suyo para escapar del arado, de los bueyes y las carretas, en una palabra, de la campiña. Y muy lejos se fueron, allá en donde se camina sin levantar la rodilla y no se anda en fila, uno detrás de otro, como es forzoso en el campo. Allá donde los edificios buscan altura, y la gente apenas se saluda, se fueron los que un día pudieron ser mis suegros y se llevaron a la que por un instante y una eternidad fue mi mujer, mi único amor, ante el cielo y la poza donde nos bañamos juntos, frente a los pájaros cantores o el asombrado Cotunto, que tal vez por eso giraba su cabeza, avergonzado de nuestra desnudez.

No supe más de ella. Pasó el tiempo y me salieron arrugas donde todos la notan. Y no pude olvidar su nombre porque nunca lo supe, pues íntegramente el breve tiempo de aquel día único fue dedicado a satisfacer el pecado de la carne, en nuestro encuentro silente.

Un día al pueblo llegó una familia compuesta de siete personas, incluyendo dos ancianos muy blancos y percudidos, tres jóvenes parecidas y una pareja, al parecer, feliz. Y como pueblo pequeño al fin y al cabo, nos enteramos del acontecimiento porque así es la costumbre.

__ Démosle la bienvenida a la familia de Don Gumersindo – dijo el cura en su Sermón Dominical.

Y la familia de Don Gumersindo fue bienvenida, como se merecen los visitantes. Pero, sucedió aquello inesperado que trastornó mi existencia vana de solterón. Al dirigir mi vista a la fila en la que ellos tomaban asiento, el corazón adelantó su ritmo dando brincos dentro de mi pecho. Al mismo tiempo que miré me miraron, aquellos ojazos que una vez buscaron los míos en la poza, nombrada por mí “Poza del Encanto,” algo imposible de dudar, porque lo digo con propiedad, sin andarme exagerando.

__ ¿Cómo estás? – dijo ella, asustada, temblorosa.

__ Bien – respondí yo, nervioso, sin resuello.

Y para qué describirles los días venideros, si podría bastarles al mencionar aquellos versos atribuidos a un poeta sevillano, pero les aseguro los escribí yo, pensando en la mujer amada, que dicen más o menos así: “Volverán las oscuras golondrinas…” O, si les cuento de prisa no serían suficientes las palabras para narrar esta historia idílica, en fin, no me entenderían. Recuerden que la mujer era de otro, muy a pesar mío o de mis ganas, de manera que sin querer o queriendo, me convertí en su amante. Y como ya me conocen no puedo ofrecer pormenores de los encuentros furtivos, aunque parecería una presunción decirles que pasó de todo. Hasta el borde de la placentera muerte supimos llegar en salvajes instantes de lujuriosa sensualidad. Entonces, aquel romance desordenado se hizo rumor en el pueblo, y sé muy bien que hasta el marido, el otro, también lo supo. Por eso pensé un día que semejante aventura debía tener fin, muy a pesar mío o quizás deseándolo, sobre todo a partir de la noche en que citado por ella, cuando la luna dejó de menguar, acudí a su lecho pecador y sorprendido por el tipo me vi precisado a correr y esconderme dentro del escusado del patiecito, confiando yo que si permanecía agachado en la parte de atrás en donde se sientan para expeler los desechos humanos me encontraba a salvo, protegido además por la oscuridad, mi aliada y confidente. Confieso que hoy no estoy seguro de lo sucedido allí, si fue adrede o casual; porque el hombre entró, se abrió la bragueta, y entre silbidos suaves con una melodía disimulada, iba empinando el chorro y meándome, sin tomar puntería el muy maldito con un hoyo tan grande frente a él. Y comenzó a cantar alegre: “Yo sé, que estoy ligado a ti, más fuerte que la hieeedra – y me meaba – Así, mis ojos de tus ojos no pueden separarse jamás – y me sentía humillado, aceptando callado su venganza – Donde quiera que estés – y alzaba la voz para entonar y seguir meándome – mi voz escucharás – y aquello parecía no tener fin – llamándote con mi canción – y arreciaba la meada, el muy puñetero con tremenda puntería – Más fuerte que el dolor – yo creo que a propósito lo hacía – se aferra nuestro amooor – y menos mal que no se sabía todas las estrofas. Se estremeció su cuerpo mientras sacudía y me salpicaba y salía puertas afuera, acabando la cantaleta vengadora – como la hieeedraaa”

Por eso, cuan equivocados los que piensen que los placeres, dolores, pasiones, remordimientos, angustias y otro montón de cosas buenas y malas son algunas sensaciones y sentimientos que al crearse el mundo lo cocinaron por separado para que el hombre los probara unos primero otros después. No es así. La vida me los juntó para ofrendármelos como único plato, agregándole a manera de aliño, el ridículo y la humillación, para que de todo lo ocurrido me arrepintiera y prefiriera estar solo, allá en el monte, en donde podría gozar con la naturaleza; oír al Sinsonte imitando a los demás pájaros; inquietarme con la bijirita nerviosa que salta de gajo en gajo. Y claro, apartar mi vista haciendo la señal de la cruz cuando apareciera ante mis ojos otra ninfa de las aguas como aquella vez en Piedra Gorda, en la Poza del Encanto.

Y por tanto, para concluir, sabiendo yo que a muchos de los lectores de esta breve historia de amor se les avivará el recuerdo y en sus labios sentirán dulce miel o amargo agravio, retorno a la frase dicha en Pola de Lena, pueblo asturiano, que me hizo recordar aquel amor en dos partes. Una parte exquisita en el esplendor juvenil y otra parte amoral en el ocaso: Güey avecéu güelve al préu…Y dicen en Cuba mi gente: Totí que come arroz, aunque le corten el pico…

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Amadito Sigarreta. ¿Alguien lo recuerda? Picnic, Miami, 2006

3 comentarios Add your own

  • 1. arroyolid  |  octubre 13, 2008 en 7:58 pm

    Compadre, está delicioso el cuento. Es de lo mejorcito que he leído en mucho tiempo. Me alegro que se publique en este blog modesto… que empieza a ser profundo. No deje de aportar.
    Un saludo.

  • 2. Lorenzo Lostal  |  octubre 16, 2008 en 7:28 am

    hola Enrique, me alegro que no pasara nada y que todo este bien. saludos

    Lorenzo

  • 3. Lorenzo Lostal  |  octubre 16, 2008 en 7:32 am

    Hola Guille, saludos, me alegro te unas a este grupo, que ya somos unos cuantos, siempre me acuerdo de ti y de blakaman.Te apuesto creias me habia olvidado de el despues de tantos años. Eso es algo de nustra juventud.

    Papi Lostal.

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MAYARI... COMO QUE NO SABES POR QUE CARAJO QUEREMOS A ESE PUEBLO..SIMPLEMENTE PORQUE UN BUEN HIJO NUNCA OLVIDA DE DONDE VIENE .....Y PORQUE EN NINGUN LUGAR DEL MUNDO UNO SE SIENTE MAS SEGURO QUE EN SU CASA.. YO PERSONALMENTE NO SERIA NIETA DE MIS ABUELOS, NI HIJA DE MI MADRE, NI LLEVARA CON HONOR EL APELLIDO DE MI FAMILIA SI NO QUISIERA EL PUEBLO QUE ME VIO NACER Y CRECER ... Y COMO DIJE HACE UNOS DIAS ...PARA MI MAYARI ES COMO EL PRIMER AMOR ..QUE ESTA LEJOS Y QUE HAY DIAS QUE SIENTES QUE YA LO OLVIDASTE Y QUE ESAS HERIDAS YA NO SANGRAN, SIN EMBARGO ALGO TE LO TRAE A LA MENTE OTRA VEZ Y TE DAS CUENTA ... QUE TAL VEZ YA NO SIENTAS EL MISMO DOLOR QUE AL PRINCIPIO ... PERO SIEMPRE RECORDARAS A ESE PRIMER AMOR ... POR COSAS BUENAS O MALAS PERO NUNCA PODRAS OLVIDARLO .... Annia Piedra. Mayaricera.

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