La mano negra. Cuento Fantástico.

octubre 10, 2008 at 8:56 pm 2 comentarios

Este cuento nos lo envía Luís Enrique Jaime Saíz, y es como para poner los pelos de punta, máxime si, como nos dice en su correo, está basado en un hecho real. No apaguen las luces después de leerlo. No les aseguro que nos les toque la mano.

Cuando un pueblo entero se alarma, es cosa grave que debe tomarse en serio. Yo hago esa afirmación aunque no puedan oírme los más sufridos, quienes serían hoy mis testigos si no lo impidiera la naturaleza. Pero voy a contar la historia de horror a pesar de todo, mientras me quede tiempo.

Nos sentíamos felices creciendo juntos, mi hermano menor y yo. Vivíamos frente al parque del pueblo, con nuestros padres y el tío Aniceto, que en paz descanse el pobre, quien llegó del extranjero un día de la Virgen de la Caridad, repleto su cuerpo de ampollitas y profundas arrugas, a pesar de que decía mi madre, el tío era el menor de los hermanos. Y este tío se trajo desde lugares inhóspitos anécdotas que nos gustaba oír cómo él las relataba; anécdotas increíbles de misterios que nos hacía sentir espanto y a la hora de dormir nos acurrucábamos juntitos, mi hermano y yo, dentro de la sábana aunque fueran las noches calurosas de verano.

Y así pasábamos los días haciendo vida de familia, aunque mi hermano era muy mimado y mejor atendido y los Reyes Magos le obsequiaban los mejores juguetes o nuestros padres le felicitaban con mayor ternura en su Santo, según mi opinión. Creo que ellos lo hacían sin propósito de herirme o ignorarme, pero yo sentía que la diferencia de sus atenciones era grande. Quizá fuesen celos infundados, seguramente, pero influenciado por mis dudas, aquí confesadas, junto a las historias aterradoras de tío Aniceto, mi personalidad se trastornó o perdió el rumbo a partir de entonces, cosa que debo decir para que entiendan lo que me sucedió así como lo acontecido por aquellos días en el pueblo cuando apareció la primera marca que anunciaba una misteriosa oleada de terror entre los del caserío, poco tiempo después de la muerte del tío Aniceto.

__ ¡Auxilio, auxilio! – así pidió ayuda a grito limpio aquella noche de luna llena, mientras salía puertas afuera, mi hermano menor.

__ ¡Ayúdenme, vengan y ayúdenme! – repetía con sollozos.

Todos acudimos, los que estaban en el parque sentados en aburridas conversaciones, los de mi casa y los vecinos. Y vimos a mi hermano, que era el más chiquito pero ya andaba en los catorce, correr como poseído y tirarse al suelo presa de pánico y muy tembloroso, mientras trataba de explicar al grupo algo relacionado con la mano que lo tocó en medio de la oscuridad cuando se disponía dormir.

__ Me tocó, me tocó – exclamaba con el grito en la garganta, y el llanto copioso, a moco tendido.

__ ¿Pero… te tocó qué? preguntaba mi padre alarmado y todos repetían la misma pregunta sin ningún orden.

__ Sí, dinos qué fue lo que te tocó.

__ Una mano – gemía mi hermano – aquí en la espalda, fría, muy fría…

Apenas pudo voltearse y logramos mirar, nos sorprendimos mucho, sobre todo los niños y jóvenes que habían hecho coro alrededor del infortunado hermano. Y digo infortunado porque en su espalda estaba la huella de algo escalofriante y misterioso que allí se posó. Una mano negra estaba marcada en su espalda, era como una mancha, una huella con cinco dedos.

A partir de entonces, cada noche de luna llena se oían los gritos de mi hermano y corrían los vecinos y curiosos supuestamente a salvarle la vida. Ya los del pueblo acudían al parque para constatar – los dudosos e incrédulos – y admirar – los creyentes – la aparición de la Mano Negra en la espalda del desdichado hermano, quien por esos días dejó de ser él mismo, comenzando a languidecer como las velas que encendía todas las noches mi madre para rezarle al Santo de las Apariciones para que cesara en su castigo o si no era el causante, entonces lo demostrara ayudando a la familia a vencer el daño.

Por todo el pueblo se extendió la noticia del misterio de la Mano Negra, hasta que un buen día alguien hizo notar una curiosidad en esas visiones.

__Yo me pregunto – observó un parroquiano, hombre mayor tenido por conocedor en el tema – ¿Por qué nada más al muchacho se le presenta la Mano Negra?

__ Eso es verdad – afirmaron los demás a coro.

Las sospechas se disiparon cuando fui yo quien sufrió, otro día de luna, su malévola presencia. Quedaba clara la posibilidad de que ellos podrían ser los próximos. Con tal sobresalto el parque comenzó a ser menos concurrido en las noches. Ya nadie se aventuraba a caminar solitario por las calles o dormir cada cual en su cama, porque el miedo caló hondo y las gentes con sus creencias y supersticiones empezaron a crear una especie de maleficio lunar. Y hasta los más incrédulos trataron de explicar el caso de forma científica aunque no dejaban de temer a la oscuridad. Y si alguien les ponía una mano encima para saludarlos, por la espalda, saltaban dando gritos muy asustados. El incidente ocurrió varias veces e hizo correr de pánico, incluso, a los más resueltos.

De nosotros dos, por supuesto, era mi hermano el más frecuentado por la Mano Negra. El pobre infeliz sufría tanto que enfermó. Hubo que acudir al cura para la práctica del exorcismo, en el que muchos no creían, asegurando el mal no era satánico sino el difunto tío Aniceto que rondaba aún por nuestra casa, por todo lo cual se debía ventilar el caso en una consulta Espiritual. Así mis padres llevaron al desdichado hermano a uno y otro sitio sin poder evitar su deterioro físico y mental, tanto, que una mañana lo vimos desnudo parado frente a una pintura del Arcángel Gabriel. A partir de ese día no habló más y aunque fuera marcado con la mano en su espalda era imposible saberlo de inmediato por su mudez repentina.

La Mano Negra dejó de molestarnos. Todo el mundo estuvo de acuerdo que el muchacho estaba maldito y opinaban que el mal sólo atacaba a nuestra familia. Esa afirmación estaba muy cerca de la verdad y con gusto desearía explicarlo pero nadie puede oírme, pues tan herméticamente sellada está la caja mortuoria que ninguno escucharía aunque irrumpiera en gritos, si ello fuera posible, por supuesto. Por eso pienso, es una lástima no puedan oírme con esta historia fantástica los de mi pueblo, quienes nunca sabrán con certeza por qué se mostraban esas visiones diabólicas, ausentes desde que mi hermano menor quedó mudo de terror y sus ojos ya no miraban con naturalidad. Necesitaban embutirlo y bañarlo dada su invalidez y la explicación ofrecida por los más versados en asunto tan borrascoso fue la única plausible acogida por la mayoría a falta de otra, por supuesto sin tenerme en cuenta, pues yo era el único ciertamente conocedor del misterio y no era mi interés entonces descubrirle. Ahora, no pueden escucharme porque estoy muerto. Muerto después que la Mano Negra se posara en mi hombro por última vez.

Desde mi sarcófago diviso las caras de mis familiares y vecinos. Ellos se mantendrán ignorantes hasta el fin de sus días sin conseguir una explicación razonable de aquel día infausto, al surgir la primera mancha sobre la espalda de mi hermano menor que por ser el más pequeño yo lo envidiaba y quería hacerle daño; empeño perverso al cual dediqué mucho tiempo y pude alcanzar al fin. Aunque no soporté el dolor causado por mi perfidia, porque aún después de lastimarlo como lo hice, continuaba él disfrutando de agasajos y se le atendía o complacía con denuedo. Por eso un día de luna llena me hice la marca de la Mano Negra con el mismo tizne que usé siempre del fogón de carbón del patio que da al río y con una cuerda me quité la vida.

Ahora estoy junto a mi ataúd. Percibo todo lo que a mí alrededor ocurre. Yo soy una presencia que puedo moverme y observarme a mí mismo, tendido. A través del cristal observo mi rostro por última vez. Sin cuerpo puedo sentir que una mano muy negra se posa sobre mi espalda. Miro sin ojos detrás de mí la imagen siniestra que me indica la secunde. Salgo al exterior, a las calles oscuras de mi pueblo en donde hay tres figuras infernales esperando por mí para hacerme bajar a un abismo sombrío que no consigo distinguir entre las tinieblas infinitas y me alejo para siempre, para siempre…

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“CAÑANDONGA, MARAÑON Y BURUNDANGA” Una de buena música.

2 comentarios Add your own

  • 1. luis jaime saiz  |  octubre 13, 2008 en 5:31 am

    A todos los mayariceros, con amor.

    Hoy, después de mucho tiempo, se enciende la pantalla de mi computadora. Espero encontrarme con mi pasado sin dolores ni penas, sin odio, sin sobresaltos. Porque ya me pasó un día algo que aquí relato pero no quisiera revivir. Son cosas del pasado.

    Encendí el aparato. Aquel paisaje si que era de mi agrado. En primer plano, un poco a la derecha unas piedras enormes metiendo medio cuerpo en las aguas quietas del arroyo, en cuyo orilleo de poca vegetación estaban muy quietos unos pajarillos al parecer en busca de su alimento. Subiendo la vista, los empinados palmares puntiagudos acompañados de arboleda tupida y detrás y arriba un cielo limpio. Todo parecía tan calmo que mientras miraba las aguas sentía la tibieza y lo bueno de su temperanza, sin embargo, empinando la visión, a lo lejos, en las cumbres redondeadas y verde azulosas, la lejanía me escalofriaba la piel. Era un paisaje verdaderamente hermoso, quieto. Aquel era un paisaje de Mayarí en la pantalla del monitor que me hacía reclinar la cabeza y pensar con sosiego.

    Una noche, calmosa, bien entrada las dos de la mañana; aprovechando que todos dormían, me colé un café a lo cubano y me dispuse escribir, como siempre, sin la interrupción del teléfono ni los vecinos con su música reguetonera ni las voces de mi familia con sus comentarios, que aunque me placía mucho oírlos no me dejaban concentrar. Porque escribir requiere en todo momento silencio de afuera para escuchar las voces susurrantes que nos vienen de adentro, distinguir los timbres, diferenciar el regocijo de la queja, oír la charla de aquellos personajes que llevamos interiormente. Se necesita hacer un vacío alrededor para escuchar a los de adentro. Así, nada más tomando asiento plácidamente a contemplar el paisaje del monitor ocurrió lo imprevisible y absurdo de esta visión que ahora relato, y dificultoso será conseguir entender lo que escribo sin que cause fatiga al entendimiento.

    Como si estuviera sentado frente a una pantalla de cine, toda la imagen se puso en movimiento, cobró vida. Las avecillas comenzaron a caminar nerviosas y saltarinas picoteando y tragando la presa. Se inquietaron las serenas aguas, aparecieron nubes finas al fondo borrando las altas cimas. Desde la margen derecha del río se formó un oleaje indicando que algo o alguien caminaba por sus aguas. Primero apareció una pierna que se hundió salpicando la pantalla, y luego todo el cuerpo de la persona que iba saliendo de la nada a ocupar el primer plano, que bruscamente se viró, quedó un rato observándome con una amplia sonrisa en la boca. Era yo. Es decir, el tipo era yo y estaba allí mirándome, de igual modo yo estaba frente a la pantalla, mirándolo, o mejor dicho, mirándome allá, o lo que sea. De todas formas era tan increíblemente cierto que no atiné otra cosa lógica que dejarlo mover a la espera de su comportamiento… El me hablaba y no podía oírle ninguna palabra. Entonces el tipo, o sea yo, bueno ya saben, me indicó que tecleara si deseaba decir algo, que lo escribiera. Eso hice:

    __ ¿Quién eres? – le pregunté tontamente.

    Yo, bueno el yo de adentro de la pantalla, sonrió pícaramente y con cierto aire de comprensión. Reorganicé mi mente, le hice la siguiente pregunta con menor muestra de asombro:

    __ ¿Qué haces ahí?

    Hizo los movimientos propios de quien habla, queriendo comunicarme algo o explicándome sus motivos de encontrarse allí, que por supuesto no oí ni entendí nada. Sus gestos se fueron convirtiendo en manotazos, desfiguración de la boca, bailes sin sentido, chapoteos, golpes al aire y gestos anormales.

    __ No entiendo – le dije.

    Lo que no entendía ni entiendo ahora es qué cosa quería yo entender entonces. Asunto que poco a poco según vayan leyendo estas páginas podrán o tratarán de entender los que lean, digo, si tienen algo que entender de mí o de ustedes mismos.

    Hizo un gesto con las manos como indicando que todo aquello era absurdo, que yo nunca lo comprendería. Me dio la espalda y comenzó a caminar por la orilla, tomó una embarcación y se marchó por la izquierda de la pantalla, perdiéndose de mi vista; cosa que además de incomodarme bastante me pareció incorrecto de su parte. Arrastré el ratón por esa dirección y vi como se alejaba en un pequeño bote de remos, río abajo, a favor de la corriente. Apagué el aparato. Dudé un buen rato sobre la realidad de aquella noche absurda. Me quedé dormido casi al amanecer.

    La siguiente noche estaba tan inquieto que poco faltó para tirarme en el sillón y comunicar a los míos lo sucedido o confesarles me estaba volviendo un maníaco, loco cibernético, esquizofrénico sin remedio. Silencié mis ganas. Esperé perturbado la hora igual a la anterior y encendí con miedo la pantalla. Allí estaba yo, sentado de espalda a mí, contemplando una tarde tropical, extraordinaria tarde de mi Cuba lejana, el Mayarí de mis ensueños. Escribí nervioso:

    __ Hola.

    Ligeramente movió la cabeza, me miró de soslayo y saludó con una mano, mientras con la otra blandía un machete que amenazaba un gato de rayas blancas que corría y pasaba frente a él. El machete bajó veloz, atinó el golpe mortífero, cortó casi de cuajo la cabeza del animal que aún sin desprenderse caminó unos metros para finalmente caer revolviéndose en su propia sangre, dando luego unos brincos o convulsiones de agonía. Me aterrorizó. Recordé que en mi niñez yo había muerto un gato en similar situación, y sentí mareo, miedo, arrepentimiento. Rápido mandé un aviso:

    __ ¿Qué haces, por Dios? – grité en mi escrito, asqueado por la imagen.

    El otro yo me lanzó una sonrisa diabólica, difícil de describir en estas páginas. Se puso de pie y comenzó andar, haciéndome señal mímica a que lo siguiera.

    No bien pasado unos segundos se detuvo, su boca se fue acercando, agrandando en la pantalla como un close up fotográfico. Intenté descifrar los movimientos lentos de sus labios cuando me hablaba:

    __ No- ten-gas- mie- do. Sí-gue-me.

    Aquello era suficiente para salir corriendo, lo confieso sinceramente, corriendo lejos de la computadora. Pero a pesar del temor y recelo a lo desconocido le seguí como se siguen las imágines del pasado. Nos adentramos, digo adentramos, pero quien lea sabrá a qué me refiero, yo adentro y yo afuera. Repito, nos adentramos en un paraje lúgubre repleto de gentes que yo había conocido en mi niñez. Ante mí desfilaron aquellos personajes que de alguna forma los había conocido y que siempre me parecieron místicos seres vivientes. Los amigos que tuve, Eduardo, Hugo, Manolo, Pololo, Carlos, Tomy, Llerandi, Colito, José el gago, Paco, y me detengo para no agotar. Apareció el vendutero Miló, aquel hombre mulato con el tufo a frutas podridas y maduras, que me miraba desde arriba y me brindaba una naranja suculenta, metido en su venduta olorosa, repletas de cajas y frutas colgantes, güineos, piñas aromáticas, papayas al punto de la putrefacción, guayabas, nísperos, zapotes, y el mango de sabrosa fragancia. La venduta de Miló entró a mi vida infantil para siempre, y allí estaba con su esencia arrinconada en la penumbra. También veía al enigmático Güidi, dueño de aquella quincalla salida de los cuentos de misterios, tenebrosa y en tinieblas, que tanto me encantaba visitar, con sus trompos, papalotes y pistolitas de mito, y un montón de juguetes que siempre quise manosear pero nunca los tuve. Luego, entre tantos personajes que dejaré de mencionar sobresalía la figura impar de Moquinque, el obeso Moquinque, recostado en su taburete haciéndose aires con el abanico, mitigando los calores del clima y su gordura. No conocí a nadie más gordo que Moquinque. Aún hoy no puedo entender cómo caben tantos sucesos, buenos y malos, disímiles sabores, olores, sonidos, en fin, tanta gente, incluyendo al increíble Moquinque, y todo en la mente tierna de un niño.

    La boca del otro, o sea yo, se pegó a la pantalla y me habló, es decir, movió sus labios tan lentamente que pude entenderlo a la perfección:

    __ Men-ti-ro-so – dijo.

    Apagué la computadora, aterrado, y triste. Comprendí que aquel otro yo venía a lanzarme a la cara mis errores de antaño, y no estaba dispuesto a revivir momentos que bien fueron el fruto de inmadurez o defectos juveniles, disfrutados ambos con igual aceptación entonces, aunque ahora me parecieran aberrantes. Pero es inútil toda recistencia a uno mismo, a lo que fue. Acepté la invitación. De nuevo encendí el aparato. Se fue metiendo en un callejón del barrio en el cual pasé mi adolescencia, y le seguí.

    Yo estaba allí, para tomar la última bola del suelo. Negrito, mi amigo de juegos y andanzas, antes de irse a su casa me dijo:

    __ Dame el tiro que te presté.

    Yo negué con la cabeza. El tiro, aquella bola hermosa de cristal que parecía el planeta Júpiter, me la había prestado para jugar a las bolas y yo negué la tuviera alegando que se la había devuelto ya, un ratico antes. Negrito no estaba convencido. Su mano se extendió exigiéndome la bola preciosa, el Júpiter reluciente.

    __ Mentiroso – me dijo.

    Negrito se marchó, con pesar. La última mirada me la echó al doblar la esquina. Nunca más fuimos amigos. Una vez en mi casa, fui al patio, me bajé los pantalonsitos para sentarme en el escusado y al hacerlo, rodó a mis pies el tiro que me había prestado Negrito, Júpiter en toda su magnífica miniatura. De rabia, con dolor profundo, lancé aquella bola vergonzosa al hoyo profundo.

    Si continuaba conmigo, con el yo de la pantalla, iban a relucir nuevas y tristes situaciones en las cuales seguramente yo haría cosas insanas. Decidí acabar la desvergonzante aventura del recuerdo y no volvería encender el aparato.

    Hoy, después de mucho tiempo, se enciende la pantalla y me meto en un blog de Alcorcón solidario, en donde los recuerdos afloran, algún que otro amigo me niega, otros amigos que no tuve me proponen serlo. Pero me queda siempre el miedo de encender la computadora y encontrarme con aquel yo que ahora aborresco. Fin.

  • 2. Orlando Hernández Rubio  |  octubre 14, 2008 en 4:14 pm

    Te felicito Wicho por tu comentario, muy lindo y atinado…sobre todo el final.
    ….Afloran tantos recuerdos….te comento que yo particularmente hay veces que siento una opresión terrible en el pecho, de tantos recuerdos.
    He tenido la oportunidad también de tener ¨…otros amigos que no tuve…¨(tal a como dices). Por ejemplo: nunca fuimos amigos, hasta te puedo contar que no me caías muy bien; pero ¨…el tiempo, el implacable, el que pasó…¨ (como dice la canción) se encarga de todo. Ahora considero que he encontrado un nuevo amigo.
    Creo que si queremos ser mejores y esperamos bendiciones para nuestra tierra, lo primero que debemos ser es tolerantes. Nadie más que yo, pasó por cosas terribles en ese Mayarí, siendo un niño, solamente por las concepciones que de la vida tenían mis abuelos y mi padre. Me he asombrado en este blog ver a tantas personas que en ese entonces estaban en la acera de enfrente y hoy han cambiado como camaleones, pero eso no me puede quitar el sueño. Debemos respetarnos para poder convivir en paz.
    Espero sigas escribiendo y haciendonos recordar y llorar.

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MAYARI... COMO QUE NO SABES POR QUE CARAJO QUEREMOS A ESE PUEBLO..SIMPLEMENTE PORQUE UN BUEN HIJO NUNCA OLVIDA DE DONDE VIENE .....Y PORQUE EN NINGUN LUGAR DEL MUNDO UNO SE SIENTE MAS SEGURO QUE EN SU CASA.. YO PERSONALMENTE NO SERIA NIETA DE MIS ABUELOS, NI HIJA DE MI MADRE, NI LLEVARA CON HONOR EL APELLIDO DE MI FAMILIA SI NO QUISIERA EL PUEBLO QUE ME VIO NACER Y CRECER ... Y COMO DIJE HACE UNOS DIAS ...PARA MI MAYARI ES COMO EL PRIMER AMOR ..QUE ESTA LEJOS Y QUE HAY DIAS QUE SIENTES QUE YA LO OLVIDASTE Y QUE ESAS HERIDAS YA NO SANGRAN, SIN EMBARGO ALGO TE LO TRAE A LA MENTE OTRA VEZ Y TE DAS CUENTA ... QUE TAL VEZ YA NO SIENTAS EL MISMO DOLOR QUE AL PRINCIPIO ... PERO SIEMPRE RECORDARAS A ESE PRIMER AMOR ... POR COSAS BUENAS O MALAS PERO NUNCA PODRAS OLVIDARLO .... Annia Piedra. Mayaricera.

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